Pequeñas crónicas del mal vivir. El set de televisión
«Hoy hablaré a las radios para que suspendan todo ¡paren de hablar! -tengo ideas al respecto, y lo mismo con los diarios ¡paren de escribir un momento mierda!; con la televisión no sé porque la apagué hace dos meses aunque me corto un dedo a que sigue funcionando y hay más de un tipo que la tiene prendida… pero yo bajé las cortinas hermanos, apagué, quizá me salvé de la televisión para siempre» (La curva de la boca, Omar Gais)
Me hubiera gustado correr con la suerte de Mike Wazowski. Por si quien lee estas líneas lo desconoce, Mike no es un filósofo renombrado, un intelectual de fuste o un prestigioso ensayista, Mike es el protagonista de una peli realizada por Pixar. Rindamos loas a Pixar. Si también el que lee desconoce a Pixar consígase un niño, algún sobrino lejano, algún hijo de vecino harto de cuidar niñeces, y úselo para introducirse en el fabuloso mundo de Pixar. Rindamos loas a Pixar. Pero decía que me hubiera gustado correr con la suerte Mike. No por el profuso interés que demostraba para salir en los medios masivos de comunicación sino por la mala suerte que lo acompañaba ante cada oportunidad que se le presentaba para cumplir con ese deseo. Igual Mike era un optimista. Poco le importaba si un logo o un código de barras tapaba su rostro cada vez que era grabado para la televisión o fotografiado para la gráfica, él igual celebraba gustoso que aunque sea sus extremidades se hicieran famosas.
La televisión apesta. Y cuando digo la televisión me refiero a la de siempre pero mucho más a la de ahora. Y mucho más a la televisión de programas en vivo. Y mucho más a la televisión que nos propone -¿nos atormenta con? ¿nos condena a? ¿nos castiga con?- esos programas estúpidos en donde mezclan un concurso, una receta, un móvil inútil, unas palabras huecas, un símil locutor (perdón Aliverti), unos aplausos, una chica estelar, otra chica decorativa, y ruido, mucho, mucho ruido, tanto, tanto ruido, tanto ruido y al final… Televisión en vivo, hecha por muertos, por cerebros muertos. En fin, la televisión.
El set de televisión estaba oscuro y vacío. Un hueco. Los técnicos, combinados con el hueco, les hablan a aparatos que están en otro lado, en la sala de control. Les hablan a través de aparatos. Los que están en la sala de control controlan los aparatos que pondrán al aire a otros aparatos ¡La revolución de las máquinas! En tu cara Elon. La chica estelar se pasea por los pasillos, antes del aire, nunca por el set. Se pasea por los pasillos. Por la sala de maquillaje. Va y viene porque, esa es su tarea. Pas(e)ar. Se sabe linda, desconozco si se sabe hueca ¿Es importante? ¡Denle un noticiero!
¿Se pueden autopercibir huecos los seres humanos? ¿Se pueden autopercibir huecos los seres humanos que hacen televisión? ¿Se pueden autopercibir seres humanos los que hacen televisión? -No generalices, me dicta la voz de la corrección política.
Volvamos al set. Los técnicos a los aparatos, los aparatos a los aparatos y algunos aparatos a las cosas. A acomodar las cosas. Todas la cosas -la utilería, me dicta la voz de la corrección televisiva. A mi me gusta decir las cosas, extraigo mis palabras del vocabulario promedio de un ser de la televisión (¿de un ser de la gráfica? ¿de un ser de la radio?). Algunos aparatos acomodan todas las cosas. Los cacharros, los sillones, los potus, los rollos formados por hojas tamaño A4 encintadas que hacen las veces de apuntador, los armatostes, los papeles de la Su mendocina -se dice rutina, corrige otra vez la voz. Acomodan todas las cosas para que al llegar la chica estelar se produzca la magia de la televisión (perdón Lavand) -otra vez la voz de la corrección televisiva (oxímoron): no se dice chica estelar se dice conductora. Pero, digo yo, ¿Qué conduce? Le dictan por un aparatito, la ponen aquí, allá, en el corte no organiza nada, sus reacciones están preseteadas, «si le decís esto pasará aquello». Tal vez conduce a su personaje. No, no lo creo.
Se encienden las luces. Entra la chica estelar corriendo. Se retoca por enésima vez el maquillaje. Comenta que comenzó el gimnasio. Los aparatos se lo festejan. Los otros aparatos la registran. La chica estelar se mete en un hueco que hará las veces de puerta de entrada al otro hueco. Al hueco ahora iluminado. Barrida de presentación, aplausos, gritos, música fuerte, la chica estelar pasa de un hueco a otro, ingresa bailando para la cámara, se sabe linda, saluda a la teleaudiencia, la teleaudiencia yace frente al televisor, «pongo una boludez de fondo», afirman los más atentos. Continúa la farsa, ahora en vivo, gritos, poncheos de cámara, el cocinero, el locutor, la chica decorativa, un cartel, la chica estelar, zoom acerca, zoom aleja. Algunas palabras boludas para dar inicio a una boludez ¡Coherencia ante todo! Muchas palabras boludas. Mucha boludez. Venta del programa. Promesas de felicidad efímera. Le ponchan el culo, clásico televisivo aun en siglo XXI. Problemas…
Ahí estaba yo. No recuerdo cuántos años pasaron desde que entré a este infierno por última vez. Unos treinta le dije al guardia de la puerta. Exageré. Pero ahora necesitábamos dar a conocer un espectáculo artístico, serio, la celebración a la obra de una artista seria, respetada y respetuosa. Pero no se puede hablar, hablar sale ciento cincuenta mil pesos +IVA, tal vez si la chica estelar se acerca se puede colar alguna sutileza bajo cuerda pero decir la hora y la fecha del espectáculo sale ciento cincuenta mil pesos +IVA ¡Mantener la gestión privada de nuestro espacio radioeléctrico tiene sus costos! No es cuestión de andar brindando un servicio a la comunidad gratuitamente. Hay que pagarle al cocinero, al locutor, a la chica decorativa, a los técnicos, a la chica estelar, comprar el papel, el cartel, las pantallas brillantes ¿Arte? ¿Cultura? ¿Espectáculo serio?
«Decime locu, cuántos mensajes tenemos ya para nuestro concurso ¿Ya mandaste tu mensaje? ¡Dale! Quiero 400 mensajes antes de las 18 hs ¡Dale! Te podés ganar una casa de cartón para vos y un acompañante» ¿Canciones tristes? No, tampoco se pueden cantar canciones tristes. Cantar canciones tristes sale ciento cincuenta mil pesos +IVA. Cantemos una que sepamos todos, todo para arriba, todo up ¿Te sabés el Chu Chu Ua?
Paro todo. Necesito ajustar detalles. Ahí estaba yo, en el set, programa en vivo, detrás de la línea de cámaras, a resguardo, eso pensé. Necesitábamos dar a conocer un espectáculo artístico serio. Pero mostraron el culo de la chica estelar y todo se complicó, lo vi venir, como siempre la reacción, es tan lenta como mi voz. La chica estelar se dirige a hablar con el camarógrafo -cupo femenino cero en el plantel de cámaras- acusado de mostrar su culo. Es el que maneja la cámara que la enfoca pero rápidamente ponchan otra que comienza a acompañar el andar de la chica estelar y rompe la línea del detrás de cámara. Chequeo el resultado en un monitor.
Estoy sentado, en un nivel superior al piso en el que apoya la cámara que sigue a la chica estelar, bajarme de la silla y correr sería una reacción intempestiva. Es inevitable, la cámara me captará, detrás de los protagonistas, pero quién puede esperanzarse con una profundidad de campo corta en un set de televisión y en la era del super hiper ultra HD. Chequeo el resultado en el monitor mientras sucede la conversación entre el camarógrafo acusado y la chica estelar (que mostraste mi culo, que yo sólo lo enfoqué, el que lo ponchó fue director, bla, bla, bla, la misma boludez de siempre, maldito vocabulario promedio de un ser de la televisión) y me veo en el monitor, trato de taparme, qué hago aquí pienso, en este infierno, 20 años después, trato de taparme pero resulta inútil. Me acuerdo de Mike, deseo su destino pero me es esquivo. Trato de taparme, sin éxito. Me rindo.
Un minuto después recibo un mensaje de audio, es mi sobrina, 3 años de edad, desde un celular prestado, reproduzco el mensaje: «Hola Pablo, qué hacés en la tele, yo te estaba viendo, por qué, no trabajás ahí, qué hacés ahí». Me roba una sonrisa. Aun así hubiera preferido la suerte de Wazowski.

